Más allá de la empatía: el dolor de un padre ante la negación de un derecho constitucional
El padre de los pequeños Isabella y Demian, quienes, de acuerdo con la denuncia de la familia, habrían sido discriminados por el Colegio México de Piedras Negras, publicó su sentir a través de las redes sociales.
A continuación, presentamos el texto íntegro:
Durante mucho tiempo dudamos si debíamos contar esta historia.
Sin embargo, entendimos que guardar silencio tampoco ayudaría a cambiar las cosas.
Esta historia no nace del enojo.
Nace del amor por nuestros hijos.
Nuestros hijos viven con una enfermedad genética poco frecuente que afecta principalmente su movilidad y el control de sus movimientos. Esa es la discapacidad con la que se enfrentan cada día. Durante muchos años han superado retos relacionados con estudios, tratamientos médicos y terapias, pero también son niños que tienen ganas de aprender, convivir, hacer amigos y construir un proyecto de vida.
Su capacidad para aprender nunca ha sido el obstáculo. Lo que necesitan, como cualquier otro niño, es una oportunidad para desarrollar todo su potencial.
Ellos han estudiado durante años en el Colegio México, escuela que elegimos porque creíamos profundamente en el proyecto educativo que ofrecía. Nos hablaron de valores, respeto, empatía, solidaridad y formación humana. Como padres, pensamos que ese sería el lugar donde nuestros hijos no solo recibirían educación, sino que formarían parte de una comunidad.
Desde que mis hijos presentaron la enfermedad, la escuela conoció su condición.
Nunca ocultamos su diagnóstico.
Siempre entregamos los informes médicos que nos solicitaron y las recomendaciones de sus especialistas y terapeutas; acudimos a cada reunión y respondimos a cada petición.
Durante todos estos años, cada vez que apareció un obstáculo, nuestra respuesta siempre fue la misma:
¿Qué más podemos hacer por nuestros hijos?
Buscamos diagnósticos, recorrimos hospitales, asistimos a terapias, seguimos tratamientos, adaptamos nuestra vida familiar y laboral, y nunca dejamos de creer en sus posibilidades.
Con la escuela actuamos igual.
Cuando nos pidieron asumir compromisos adicionales, los aceptamos.
Cuando fue necesario firmar un convenio para apoyar a mi hija en su movilidad dentro del plantel, lo hicimos.
Cuando surgieron nuevas necesidades, buscamos cómo atenderlas.
Nunca dejamos de colaborar porque confiábamos en que estábamos construyendo soluciones juntos.
Pero el mes pasado el colegio me entregó un documento en el que se nos indicó que no aceptarían la reinscripción de nuestros hijos por motivos de seguridad. Sin embargo, en persona me dieron otros motivos y, desde ese día, no solo tuvimos que enfrentar la incertidumbre de encontrar una nueva escuela, sino también explicarles a nuestros hijos por qué ya no podrían regresar al lugar que ellos consideraban seguro.
Y nos preguntamos: si la escuela conocía desde hacía años la condición de Isabella y Demian, ¿por qué no se planearon con anticipación más alternativas que facilitaran su permanencia?
En el oficio que recibimos se menciona que se realizaron adecuaciones dentro de sus posibilidades. Respeto que esa sea su postura.
Sin embargo, seguimos preguntándonos cuáles fueron esas adecuaciones.
Mi experiencia fue que muchas de las soluciones terminaban dependiendo de nuestra familia. Cuando Isabella necesitó apoyo para desplazarse, nosotros asumimos compromisos adicionales. Cuando Demian necesitó utilizar temporalmente un chaleco postural por indicación médica, se me indicó que, si quería que lo usara durante el horario escolar, debía acudir personalmente a colocárselo y retirárselo.
En distintos momentos sentimos que el esfuerzo recaía principalmente en nosotros.
No comparto esto para descalificar a nadie.
Lo comparto porque creo que la inclusión debe construirse entre la familia y la escuela.
Nunca esperamos que la institución resolviera por sí sola todas las necesidades de nuestros hijos.
Pero sí esperábamos que ambos camináramos en la misma dirección.
Que, así como nosotros nos preguntábamos una y otra vez “¿qué más podemos hacer?”, la escuela también se hiciera esa pregunta.
Cuando nos comunicaron la decisión de que Isabella y Demian ya no continuarían en la escuela, comprendimos que esta historia ya no hablaba de reuniones, documentos o procedimientos.
Hablaba de dos niños que deberían haber sido vistos primero como niños y después por cualquier condición médica que pudieran tener. La inclusión debe ser una realidad y no solo una palabra bonita en un reglamento o en un discurso.
Los principales afectados nunca fuimos los adultos.
Fueron ellos.
Recuerdo especialmente la graduación de Isabella.
Ese día la vi llorar.
No lloraba por su enfermedad.
No lloraba porque no quisiera estudiar.
Lloraba porque tenía miedo de no volver a la escuela que había sido su hogar durante años.
Porque para un niño la escuela no es solamente un edificio. Es el lugar donde están sus amigos, sus maestros y sus recuerdos, y donde aprende a sentirse parte de una comunidad.
Algunas personas me han preguntado por qué insistimos tanto en que permanecieran ahí.
La respuesta es muy sencilla.
Porque no estábamos luchando por un lugar.
Estábamos intentando proteger un espacio donde mis hijos se sentían seguros, queridos y donde sabían que pertenecían.
Antes de hablar públicamente, intentamos resolver esta situación de todas las maneras posibles. Busqué el diálogo con la escuela y acudí ante las autoridades educativas, Derechos Humanos y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred).
Y si nos atrevimos a hacerlo público es porque consideramos que nuestra experiencia fue discriminatoria y porque creemos que ninguna familia debería sentirse sola cuando busca que sus hijos permanezcan en su escuela.
Elegimos este colegio porque creíamos en los valores que promovía.
Y hoy sigo creyendo que los valores no se demuestran cuando todo es sencillo.
Se demuestran cuando aparecen las dificultades.
La verdadera inclusión comienza cuando una escuela se pregunta:
“¿Qué podemos hacer para que este niño permanezca con nosotros?”
Y no únicamente:
“¿Por qué no podemos hacerlo?”
No esperábamos soluciones perfectas.
Esperábamos disposición para buscarlas juntos.
Porque la inclusión no significa que toda la responsabilidad recaiga sobre la familia.
Significa que la familia y la escuela trabajen como un equipo para que un niño pueda ejercer su derecho a la educación con dignidad.
Nuestra obligación como papás es seguir creyendo en nuestros hijos, continuar buscando tratamientos, abrir puertas y defender su derecho a aprender, convivir y construir el futuro que ellos mismos decidan.
Ojalá que esta historia no sirva para dividir.
Ojalá sirva para reflexionar.
Que invite a todas las escuelas a preguntarse cómo pueden acompañar mejor a los alumnos con discapacidad y a sus familias.
Que recuerden que detrás de cada expediente hay un niño con sueños, ilusiones y un enorme deseo de aprender y pertenecer.
No siempre podremos cambiar el resultado de las cosas, pero sí podemos decidir no guardar silencio cuando creemos que algo debe mejorar. Si nuestra experiencia ayuda a abrir una conversación sobre la verdadera inclusión, entonces habrá valido la pena alzar la voz.
Y, sobre todo, esperamos que algún día Isabella y Demian lean estas palabras y se den cuenta de que nunca permitimos que un diagnóstico definiera quiénes eran.
Quiero que siempre recuerden que su valor no depende de una enfermedad, de una decisión o de la opinión de alguien más.
Porque, antes que cualquier diagnóstico, son dos niños extraordinarios.
Y mientras ellos sigan luchando por sus sueños, nosotros seguiremos luchando para que ninguna puerta se cierre antes de tiempo.
Espero que recuerden que nunca están obligados a aceptar una injusticia en silencio. Siempre podrán defender sus derechos con respeto, verdad y dignidad.
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